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Thursday, 12 de July del 2018 a las 20:26

FRÍO, PERO CON CÁLIDOS RELATOS EN SINTONÍA...,

Una vez más la escritora Victoria Cattelani, nos invita a un viaje por la emoción con su relato "tres niños en la tranquera"...
Foto Nota

TRES NIÑOS EN LA TRANQUERA

 

 

Juan se había retirado a gozar de su jubilacion a un pueblito del interior.

Había trabajado duro durante más de cuarena años y la ciudad lo agobiaba.

Su esposa había partido y, sin hijos, había amasado un pequeña fortuna.

Se compró un terreno a orillas del Paraná y allí construyó una casa enorme, varias habitaciones con baño en suite, gran cocina, living en desnivel con un enorme ventanal para observar la caída del sol.

-"¿Para quién hice esta casa tan grande?"- se preguntó cuando el arquitecto le entregó las llaves.

Una vez terminados los detalles de confort y amoblada sencilla pero cálidamente se instaló en su nueva finca.

 

Tenía tres personas de servicio: un jardinero que se ocupaba tanto de las flores como del huerto para tener siempre a mano verduras de estación, un ama de llaves y una cocinera.  Personas de absoluta confianza que habitaban juntas la casa para caseros porque eran familia.

Pedro, el jardinero estaba casado con Amanda, el ama de llaves y a su vez eran padres de Florencia, la cocinera que tenía a cargo los manjares que se servían a diario.

 

Al principio Juan estaba entretenido con la inauguración de la amplia residencia y casi no salió de ella para mezclarse con la gente del pueblo.

En varias ocasiones fue de compras pero enseguida volvía manejando raudamente por el camino de ripio que desembocaba en el coqueto portón donde el discreto letrero frenaba a cualquier intruso.

"PROPIEDAD PRIVADA

PROHIBIDA LA ENTRADA"

 

 

Una tarde, cuando tomaba el té en el jardín y leía el periódico vio a un grupito de niños pequeños, tendrían entre cinco y ocho años, harapientos y sucios que se habían trepado a la tranquera con ánimo de vaya a saber qué.

 

Enojado dejó el diario sobre la mesa y se dirigió al portón de ingreso con la idea de correrlos.

 

A medida que se iba acercando percibió en la mirada de los niños la necesidad de ayuda, sin dudas les faltaba alimento y ropa limpia.

Inmediatamente volvió sobre sus pasos y puso la camioneta en marcha.  Al salir con rumbo al pueblo y pasar al lado de los chicos les dijo:

"Esperen, no se vayan, ya vuelvo"

 

Efectivamente volvió con ropa nueva para los tres y varias bolsas con alimentos para que llevaran a su casa.

 

A partir de ese día se hizo costumbre la visita de los tres hermanitos a la hora del té a la salida del colegio.

Juan encontró un nuevo motivo de entretenimiento, él que no había tenido hijos ahora tenía tres nietecitos que alegraban sus tardes campestres.

No solo compartía con ellos la merienda sino que los ayudaba con los deberes y los entusiasmaba con la lectura de los muchos libros que tenía en su biblioteca.

 

Una noche, luego de la cena y sentado en el amplio living caviló sobre los distintos caminos que la vida nos tiene reservados y agradeció el haber encontrado a los tres niños en la tranquera.