Logo
Tuesday, 31 de July del 2018 a las 20:26

NUEVO RELATO DE INVIERNO EN SINTONÍA

La escritora Victoria Cattelani nos acerca un nuevo y sorprendente relato: "Hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio"
Foto Nota

HAY POCAS COSAS TAN ENSORDECEDORAS COMO EL SILENCIO.

 

Se bajó de la camioneta y comenzó a caminar un trecho hacia el bosque.  LLevaba en sus manos una pala de corte, de ésas que pesan mucho y, cuando hienden la tierra, lo hacen como cuando cortamos una torta.

Tenía in mente una morbosa y extraña sensación.  Iba a enterrar el cadáver.  Se iba a deshacer de la prueba de su delito.  Habían discutido mucho y fuerte, se habían agredido físicamente pero ella, que era bajita y menuda, había salido perdiendo de la pelea.  Él, con un certero golpe, la había derribado y había golpeado la nuca con una piedra.  Al comienzo pensó que se había desmayado, pero pasadas las horas se dio cuenta de que la había matado.

 

Se sentó a cavilar, con la cabeza entre sus manos.  El silencio que lo rodeaba era ensordecedor.  Las hojas de los árboles se mecían con el viento, las aves nocturnas con sus ruidos raros le ponían los pelos de punta.  Cada tanto, una rama quebrada por algún animal nocturno le daba la sensación de que era observado desde el bosquecito cercano.  Había llegado con su camioneta y su carga mortal al camino perdido entre la espesura de un lado del camino y una llanura del otro.  Optó por la llanura.  Sería más fácil hacer el pozo y enterrar el cadáver.  Además, la alta hora de la madrugada y la soledad del predio se prestaban para que su tarea fuera rápida y prolija.

 

Tomó la pala y cavó, se sentó a descansar y secar el sudor que perlaba su frente.  Era invierno, pero ni el gélido viento logró bajarle la temperatura.  El sonido de la pala contra la tierra y el consiguiente descargo de la palada eran como una melodía continuada.  Mientras cavaba pensaba en la discusión, en cómo se había desmadrado y cómo la pelea había terminado de la peor forma posible.  Jamás tuvo la intención de matarla. 

Tomó el cuerpo de Matilde y lo depositó en la fosa que había hecho.  Hasta pensó en rezar una oración pero se contuvo, se sintió sucio e incorrecto.  Lloró por ella y también lloró por él.

Volvió a la casa y atravesó el jardín. 

"Siempre se vuelve a la escena del crimen", dicen los que saben.

Se dirigió hasta el fondo de la casa y miró la piedra que salía de la tierra como mudo testigo de su crimen.

La casa estaba oscura y en silencio.  Un silencio que lo iba a acompañar hasta que alguien preguntara por Matilde y él no supiera qué contestar.  No era un asesino, era un hombre asustado; era un hombre que estaba a punto de ir preso por el crimen de su mujer.

Era un hombre que estaba condenado al silencio y, en medio de ese silencio, escuchar las últimas palabras de Matilde: ''voy a dejarte, ya no te amo más’’.

Esas palabras que generaron su ira y el cachetazo fatal