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Tuesday, 19 de February del 2019 a las 12:22

TIEMPO DE REFRESCOS Y RELATOS EN SINTONÍA

La escritora Victoria Cattelani nos alegra el alma con un relato lleno de ilusión..."Tan distintos. Otra historia de amor"
Foto Nota

Tan distintos

 

Otra historia de amor.

 

 

La mujer caminaba descalza por la arena húmeda y el viento le azotaba la melena casi blanca y larga que llevaba suelta.  Iba, despacio y silenciosa escuchando el rumor de las olas que bañaban sus pies de tanto en tanto, recortando y dibujando serruchitos que ella se entretenía en pisar aplastándolos con el peso de su cuerpo. Caminaba y cavilaba.

Había llegado a la edad en que se hace el balance y, mirando hacia atrás, se daba cuenta de todo lo que había vivido y en ese momento de soledad y silencio le pareció mucho, muchísimo y, sin embargo al mismo tiempo tuvo la impresión de que no habían transcurrido más que unos pocos años desde que aquella jovencita llena de ilusiones se alejó del colegio y emprendió la senda de la vida.

Había imaginado formar una familia, hasta se había propuesto tener tres hijos: el mayor, que sería varón, se llamaría Pablo, y luego tendrían dos niñas, para ellas no había pensado los nombres pero seguramente se llamarían María algo.  Ese deseo se había cumplido y las chicas, dos hermosas criaturas se llamaban María Eugenia y María Laura.

Recordó con cariño esos años de noviazgo y el casamiento.  Recordó los pocos años que transcurrieron hasta que se dió cuenta de que, como dice Gabriela Acher, su príncipe azul desteñía y tuvo que abandonarlo todo llevándose a sus hijas con ella.

Rememoró la desesperación de aquel año nefasto en el que su padre y su marido, los dos hombres de su vida la abandonaron.  Uno para no volver más y el otro para volver a incordiarla cada vez que podía.

Sonrió pensando en la forma en que había triunfado en el trabajo.  Nunca le costó su trabajo porque era eficiente y eficaz.  Tuvo muchísima suerte y hombres capaces que no vieron en ella una enemiga sino una competidora y supieron admitir que les había ganado en buena ley.

¡Cuántos años habían pasado! casi cuarenta, nada menos.

Había llegado la tan ansiada jubilación y ahora podía disfrutar de la hermosa casa que le había dejado su segundo esposo, ese, que también para no variar la costumbre, la había abandonado a la temprana edad de cincuenta años, otro que se fue para no volver.

Ahora, a sus sesenta años estaba otra vez enamorada.  Le pareció ridículo pero sonrió complacida por poder sentir una vez más el corazón anhelante, la sangre vibrante y mariposas en el estómago cada vez que Alejandro aparecía con un ramo de flores, un buen vino o un libro para leer juntos.

Se habían conocido en una reunión familiar y ella notó que ese hombre, bastante más joven que ella, la miraba con simpatía y buscaba su presencia cada vez que ella salía al balcón a contemplar el mar.

Se le había acercado y habían compartido una velada extraordinaria simplemente bebiendo una buena copa, una cena frugal de frutas y quesos y habían hablado alternando francés, italiano, e inglés, idiomas que ambos dominaban bastante bien.

Se habían comprometido a verse seguido dado que él vivía también en el pueblo con mar en la costa uruguaya. 

Comenzaron a frecuentarse casi semanalmente hasta que un día él le confesó que la veía como su musa inspiradora y que la quería, con una devoción y admiración que a ella le parecieron ridídulas en principio pero que tuvo que admitir que él sentía en forma verdadera.  A su vez ella también había descubierto sus sentimientos hacia este hombre singular.

Se sorprendió pensando en él cuando se levantaba, varias veces durante el dia y a la noche, sobre todo, cuando sentía su cama vacía de hombre desde tanto tiempo.  Hacía diez años que su marido había fallecido y ella fiel a su memoria jamás había pensado en otra persona.  Se había llamado a cuarteles de invierno.  Y justo había llegado este "mocoso", con toda su intelectualidad a moverle los cimientos tan bien plantados desde hacía tanto tiempo.

Eran tan distintos.  Ella con toda su vida a cuestas, hijos, nietos y una red de amistades importantes y él varios años menor, soltero, solitario, intelectual y tan reservado.

Se cuestionó al principio qué debía hacer con los sentimientos que surgían a borbotones a flor de piel. Pensó qué iba a decir la gente, sobre todo la sociedad pacata uruguaya que era implacable.

Estuvieron un tiempo midiendo las consecuencias hasta que una tarde en la que él se quedó más de la cuenta y se se hizo noche cerrada en el bosque de Punta Ballena ella le sugirió que era demasiado tarde para irse y que podía quedarse hasta el dia siguiente.

En principio él se acomodó en el cuarto de huéspedes pero a la madrugada, cuando ya el sueño la había vencido sintió que él se introducía en la cama y en su vida para quedarse.

Vivieron la gloria del sexo y el amor suave  y dulcemente.  A ella le pareció que era la primera vez que amaba realmente a alguien sin pensar en nada más, sin pensar que solamente tenían el día y la noche.  No había pasado, no había futuro, solamente era el presente mágico de dos seres entrelazados en la danza del amor.

Ahora caminaba por la playa solitaria, él en la casa estaba preparando el almuerzo y la esperaba con la mesa tendida, la sonrisa amplia y la bondad de quién ha encontrado por fin la paz y la tranquilidad que da el amor sin barreras.

Apuró el paso y, desde la orilla, agitó su mano para señalarle que ya volvía.  El desde el jardín le respondió de la misma forma, y corrieron a abrazarse como dos adolescentes el hombre y la mujer, tan distintos y tan iguales.