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Tuesday, 11 de June del 2019 a las 18:39

RELATOS CON AROMA A CAFÉ CALIENTE

La escritora Victoria Cattelani nos ofrece un relato con un mensaje de superación..."Cololo"
Foto Nota

COLOLO

 

En todas las  barritas de pibes de los barrios hay uno al que siempre lo toman de punto.

Al lado de casa, en un conventillo vivía Miguel Angel, un año menor que Luisa, mi hermana más chica.

Pertenecía a la barra de pibes de la manzana, esa que se juntaba a jugar a la pelota en el medio de la calle y a mirar a las pibas por las tardes de verano.

No sé bien si Miguel Angel tenía una tara pero la cosa era que a sus doce años no articulaba bien cuando hablaba.

Eso sí, jugaba bien al fútbol y atajaba como el "loco Gatti" y por ese motivo es que nunca lo dejaron salir del arco.

El Puchi Pagano. que era el mayor de la barrita, era el líder del grupo y lo había tomado bajo su tutela.  Lo quería pero le había puesto el mote de Cololo Abashashe porque arrastraba las eses cuando hablaba.  Así se lo conocía en el barrio por el mote de "Cololo"

La madre, doña Elvira, lavaba ropa ajena y Cololo hacía las entregas.  Tenía un hermano menor, Quique, que creció y fue modelo de Modart, por lo buen mozo y elegante.

Cololo creció desgarbado y buenazo. Sin embargo a medida que fue llegando a la primera juventud fue adelgazando, vistiéndose mejor dejando de lado esos pantalones bolsa y esas remeras chingadas de la primera adolescencia y, como el patito feo que se convierte en cisne, Cololo se convirtió en Miguel Angel, a secas.

No dejaba yo de preguntarme el motivo de semejante metamorfosis hasta que una noche de un tórrido verano, esa de las sillas bajas en las veredas y las charlas de los mayores con los vecinos vi a Miguel Angel dar vuelta la esquina y dirigirse al conventillo.

Traía del brazo a una hermosa muchacha y, cuando pasó delante de mi me saludó con una amplia sonrisa y, parándose, me presentó a su novia con una perfecta dicción me dijo: "Susana, permitime presentarte a María Ester, mi novia y también mi profesora de lengua"

Quedé de una pieza, la saludé con afecto y discretamente me la quedé mirando mientras ingresaba al conventillo del brazo de Miguel Angel para, seguramente, conocer a sus padres.